Este fin de semana celebré mi cumpleaños número 32 plantando pinos en la sierra de Monte Escobedo. La idea original era plantar 32, uno por cada año de vida, pero terminamos plantando 42. Diez personas nos reunimos para celebrar y, casi sin planearlo, dejamos un árbol por cada una de ellas, además de los 32 originales.
Desde entonces he estado pensando en algo que me emociona particularmente: imaginar cómo se verá ese mismo lugar dentro de veinte años.
¿Podremos reconocer los árboles que plantamos? ¿Tendrán ya suficiente altura para sentarnos bajo su sombra? ¿Quiénes volveremos a reunirnos ahí? ¿Cuánto habremos cambiado nosotros mientras ellos simplemente continuaban creciendo?
Me gusta pensar que algún día podremos regresar, recordar aquella celebración, las personas que nos acompañaron, las conversaciones alrededor de la fogata y todo lo que habrá sucedido desde entonces.
Y también me emociona pensar que, aunque nunca regresáramos, los pinos podrían seguir ahí.

El tiempo de los árboles y el nuestro
A nuestro alrededor hay pinos que quizá tengan ochenta o cien años. Es curioso pensar que han permanecido en ese lugar mientras varias generaciones de personas nacieron, crecieron y vivieron sus propias historias.
En enero de este año tuve oportunidad de conocer las secuoyas de California, algo que había querido hacer desde hace mucho tiempo. Algunos de esos árboles tienen entre dos mil y tres mil años de vida.
Dos mil años.
Es difícil imaginar una escala de tiempo semejante. Árboles que ya estaban creciendo mientras sucedían acontecimientos que hoy conocemos solamente a través de los libros de historia.
Y ahí siguen.
A veces me pregunto qué pensaría una persona que los observó hace mil años, sin imaginar todo lo que ocurriría en el mundo mientras aquellos árboles continuaban creciendo.
Después pienso en nuestros 42 pequeños pinos, que apenas comienzan su historia.
Tal vez dentro de cien años alguien camine entre ellos sin saber quién los plantó, ni por qué. Quizá simplemente se detenga a admirar sus formas, escuchar el viento entre sus ramas o descansar bajo su sombra.
Me fascina esa posibilidad.
El privilegio de poder admirar la naturaleza
Siempre he sentido una enorme fascinación por la naturaleza. No necesariamente por encontrar algo extraordinario, sino porque prácticamente todo me parece extraordinario cuando me detengo a observarlo.
A veces es un hongo con formas y colores que nunca había visto. Otras veces una planta, algún animal, el sonido de las hojas al caminar o simplemente el cielo.
Me gusta pensar en la cantidad de acontecimientos que tuvieron que suceder durante millones de años para que hoy podamos estar frente a un árbol, observarlo y sentir admiración.
Pienso también en una reflexión que escuché alguna vez: que somos la forma que encontró Dios para poder admirarse a sí mismo.
No sé si exista una mejor manera de expresar esa idea, pero me gusta imaginar que somos parte de una naturaleza que, después de millones de años de transformaciones, ha desarrollado también la capacidad de contemplarse.
Y que tenemos la fortuna de estar aquí para hacerlo.
A veces construimos grandes monumentos y dedicamos enormes esfuerzos a darles significado, mientras a nuestro alrededor existen piedras con millones de años de historia, árboles centenarios y ecosistemas enteros que apenas alcanzamos a comprender.
Quizá no necesitamos intervenir tanto la naturaleza para poder apreciarla.
Tal vez deberíamos aprender a habitarla, observarla y permitir que nos sorprenda.
Lo único que realmente tenemos
Hay una reflexión de Marco Aurelio, en Meditaciones, a la que regreso con frecuencia:
Aunque debieras vivir tres mil años y aun diez veces otros tantos, acuérdate siempre que no se pierde otra vida que la que se vive y que sólo se vive la que se pierde.
— Marco Aurelio, Meditaciones, libro II, 14.
Más adelante reflexiona sobre cómo la vida más larga y la más corta comparten algo esencial: el presente es el único tiempo que verdaderamente tenemos.
Me gusta relacionar esa idea con los árboles.
Una secuoya puede vivir tres mil años y nosotros apenas unas cuantas décadas. Pero el valor de nuestro tiempo no depende solamente de cuánto dure.
Me emociona imaginar el bosque dentro de veinte o cien años, aunque sé que ese futuro no nos pertenece.
Lo que sí tuvimos fue aquel fin de semana.
La oportunidad de reunirnos, compartir una fogata, disfrutar de la sierra y plantar 42 pinos.
No sabemos qué será de ellos dentro de cien años, pero hoy tuvimos la oportunidad de comenzar su historia.
Un bosque lleno de historias
Desde mi infancia, la sierra ha sido un punto de encuentro. Recuerdo los campamentos que organizaba mi papá, donde llegábamos a reunirnos decenas de familiares y amigos.
Me gustaría que dentro de muchos años siguiera siendo así.
Que las nuevas generaciones encuentren en el bosque un lugar para reunirse, caminar, descubrir especies, conversar y disfrutar de cosas que no necesitan que las construyamos para ser extraordinarias.
Y que quienes lo visitemos aprendamos a no convertirnos en una incomodidad para la naturaleza.
Podemos agregar algunas comodidades para disfrutar nuestra estancia, pero sin quitarle al bosque su protagonismo. No necesitamos transformar cada rincón, llenar el silencio de ruido ni hacer que todo se adapte a nuestras costumbres.
Quizá podríamos empezar por adaptar un poco nuestras costumbres al bosque.
De ahí surge también la idea de plantar árboles durante nuestras celebraciones.

No tienen que ser 42. Puede ser uno solo, plantado en el lugar correcto y cuidado para que tenga oportunidad de crecer.
¿Y si apenas el 1% de las personas adoptara esa costumbre?
Imagino bosques donde los árboles estén asociados con cumpleaños, amistades, nacimientos, encuentros familiares y tantas otras historias. Lugares a los que podamos regresar después de décadas, encontrar aquello que plantamos y descubrir cuánto ha cambiado todo a nuestro alrededor.
Y quizá lo más interesante sería que algún día esas historias dejaran de ser nuestras, para formar parte de la historia del propio bosque.
Dejar algo creciendo
En Las Cabañas del Tío Meño tenemos una meta de plantar 10,000 pinos.
Me gusta llevar la cuenta, pero cada vez me interesa más pensar en las historias que podrían acompañar a esos árboles.
No se trata de plantar por acumular números. Un bosque es un ecosistema complejo, y cuidarlo implica mucho más que sembrar pinos. También significa respetar lo que ya existe y procurar que nuestras intervenciones tengan sentido.
Me gustaría que este lugar inspire a más personas a acercarse a la naturaleza, admirarla, cuidarla y, cuando sea apropiado, contribuir a que siga creciendo.
Tal vez con el tiempo podamos hacer de esto una tradición.
Y quién sabe, quizá algún día pongamos de moda contar pinos en lugar de likes.
Por ahora son 42 árboles más, una celebración que recordaremos con cariño y muchas ganas de volver a encontrarnos con ellos dentro de veinte años.
Porque mientras nosotros seguimos viviendo nuestras historias, el bosque continúa escribiendo la suya.


Lo único que realmente tenemos